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Vivimos una época de urgencia ecológica, eso es innegable. ¡Hay que actuar! En este sentido, una propuesta de ley de bienestar animal está en perfecta sintonía con nuestra realidad. Pero, antes, podríamos comenzar por la lectura y meditación de los Salmos.

Recordemos, siempre, que los animales son una parte importante de la gran creación de Dios, del proyecto divino: ¡Cuántas son tus obras, Señor, todas las hiciste con sabiduría: la tierra está llena de tus criaturas!, canta el Salmo 104, mismo que nos invita a la oración contemplativa y a respetar todo lo creado.

Todo es gracia divina. Los animales dependen de Dios para comer (Sal 104,11), ellos cantan la gloria de Dios y le piden su comida (Sal 104,21). Toda vida depende de Dios (Sal 104,29s). ¡Todo lo creado es perfecto, hermoso, bello! Y es que, cuando contemplamos la creación, vemos el rostro divino.

Lo que estropea y ennegrece la belleza de la creación, no es otra cosa que la maldad humana: ¡que desaparezca esa maldad! (Sal 104,35) y todo será hermosura, belleza, canta el poeta.

Papa Francisco, en Laudato Sí (n. 33), nos advierte severamente: “no basta pensar en las distintas especies sólo como eventuales «recursos» explotables, olvidando que tienen un valor en sí mismas. Cada año desaparecen miles de especies vegetales y animales […]. La inmensa mayoría se extinguen por razones que tienen que ver con alguna acción humana. Por nuestra causa, miles de especies ya no darán gloria a Dios con su existencia ni podrán comunicarnos su propio mensaje. No tenemos derecho.” El Papa hace alusión al Salmo 19,1-4a, que nos canta hermosamente:

Los cielos proclaman la gloria de Dios,

el firmamento pregona la obra de sus manos.

Un día le pasa el mensaje a otro día,

una noche le informa a otra noche.

Sin que hablen, sin que pronuncien,

sin que se oiga su voz,

a toda la tierra alcanza su discurso,

a los confines del mundo su lenguaje.

Nosotros, como cristianos, responsables de la transformación del mundo, debemos vigilar que las decisiones públicas estén alineadas a esta verdad universal, respetando el valor de la vida de todas las especies, pero principalmente el de la vida humana. Ningún animal está por encima de la vida humana, como dice el Salmista (Sal 8,5-9):

¿qué es el hombre para que te acuerdes de él,

el ser humano para que te ocupes de él?

Lo hiciste apenas inferior a los ángeles,

lo coronaste de gloria y esplendor,

le diste poder sobre las obras de tus manos;

todo lo pusiste bajo sus pies:

manadas de ovejas y toros,

también las bestias salvajes,

aves del aire, peces del mar

que trazan sendas por los mares.

Nuestro deber es dominar a la creación con amor y respeto, con dignidad, contemplando el rostro de Dios en ella. Con esta premisa, se deben analizar las realidades actuales, como las corridas de toros, peleas de gallos o, incluso, las Escaramuzas. ¿Se respeta el valor de los animales? ¿Son explotados? ¿Los estamos exterminando, extinguiendo? O, al contrario, ¿abandonarlos sería el fin de la especie? ¿Tienen una vida saludable, digna de su especie? Si no pensamos nuestras respuestas, podríamos tomar decisiones que se volverán contra la misma familia humana.

Creo que hacer una oposición radical entre “animalistas” y “anti-animalistas”, nos aleja del centro del problema. El tema crítico, es la vida.

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