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¡Grandes son las obras del Señor, dignas de estudio para los que las aman! (Salmos 111,2)

Siempre me ha gustado la palabra filosofía por su etimología, pues manifiesta un profundo amor por el conocimiento. Y, a veces, me ha parecido fría y dura la palabra teología, pues la siento como un conjunto de conocimientos estáticos que tratan de explicar ciertas verdades. Por eso, a veces, cuando escucho la palabra “filosofía”, pienso en el amor a Dios y a su palabra; pero cuando escucho “teología”, pienso en la razón del hombre intentando dar explicaciones con gran esfuerzo y trabajo.

Sin embargo, curiosamente es al revés. La filosofía suele tener sistemas de pensamiento estrictos, postulados y teorías; doctrinas frías y dignas del razonamiento asiduo; mientras que la teología, manifiesta un profundo amor a Dios y al conocimiento, de manera dinámica, siempre actual, siempre viva.

Pero ambas percepciones son incompletas. En realidad, ambas ciencias son un todo. ¡La teología es filosofía, y la filosofía es teología! ¿Por qué lo digo? No se enojen conmigo el filósofo y el teólogo celosos. La filosofía es el amor al conocimiento adquirido por medio de la razón; mientras que la teología, utiliza ese conocimiento filosófico para comprender los grandes misterios que Dios ha revelado de sí mismo. De suerte que no podemos hablar de teología sin filosofía. Ambas están íntimamente unidas: Dios nos ha hablado en nuestro propio idioma, la razón.

Así pues, ¡la teología es un deleite para el alma, y una lumbrera para la caridad! De cierto que no es necesario aprender teología para ser cristiano. Pero, conocer constantemente al amado, siempre resulta en un mayor amor hacia toda su creación.

Y es que, la teología es práctica, es vida: es vivir en un constante enamoramiento, porque siempre conoces algo nuevo de tu amado; y, como nunca terminarás de conocerlo en esta vida, se convierte, pues, en una relación de amor para siempre.

Y no, nunca serás un cristiano superior a los demás cristianos, pero podrías ser un cristiano más enamorado día con día, si dispones tu corazón.

De hecho, el amor al prójimo se fortalece porque ya no ves al hermano como un adversario, sino como una persona amada por Dios, en la cual el mismo Dios se hace presente, y cada vez que conoces algo más de Dios, se refleja en el prójimo, pues él es imagen de Dios.

Al final, aprender teología es aventurarse a sumergirse en el misterio de Dios, mediante una relación de amor personal con la Trinidad, con todos los Santos, y con todos los hombres; y eso, hermano, es felicidad, beatitud, santidad.

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