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A lo largo de los años que he sido parte activa de la Iglesia, sirviendo en mi comunidad parroquial o realizando mis estudios en el Instituto de Teología, me he encontrado, en ocasiones, ante la necesidad de responder cuestionamientos, tanto propios como ajenos, sobre nuestra fe; pero, sin duda, uno de los más controversiales, ha sido el tema sobre la mujer y el lugar que ha ocupado en la Iglesia Católica: ¿Ha sido la mujer un personaje secundario o verdadera protagonista en estos siglos de historia?

Para responder a esta pregunta basta repasar los evangelios e inmediatamente descubrimos la esencia de lo femenino, desde el momento de la encarnación con Maria santísima hasta la mañana de la resurrección, las mujeres están presentes con su realidad concreta, como esposas, madres, hijas, hermanas, amigas, siendo parte importante en la misión de Jesús. Pero si nos vamos aún más atrás en el tiempo, en el Antiguo Testamento, también nos las encontramos como valientes discípulas que supieron escuchar y seguir la voz de Dios en medio de sus alegrías, tristezas, dificultades, no pocas veces yendo contra corriente, confiando siempre en Aquel que las había llamado.

Hoy pareciera que la mujer está en su mejor momento; en el último siglo se han desencadenado acontecimientos de gran importancia que le han otorgado derechos que le habían sido negados, derechos justos y necesarios, como la educación, el voto o la libertad de expresión; el empoderamiento femenino ha ido tomando fuerza y con más frecuencia se convierte en la arquitecta de su propio destino. Pero en medio de estos cambios positivos, se alzan también voces negativas para dañarla en lo profundo de su naturaleza, desviándola de su rol e identidad, alejándola de la misión a la que ha sido llamada, poniéndola en contra de sí misma, convenciéndola que para poder alcanzar la verdadera libertad hay que darle la espalda al plan que Dios tiene para ella.

Sin duda, la mujer tiene un papel clave en el ambiente familiar, social y eclesial; pero en medio de tanto ruido es difícil identificarlo, por eso me gustaría que los próximos blogs fueran un espacio para descubrir y reflexionar sobre la vocación femenina, tomando como punto de partida a aquellas protagonistas en la Historia de la Salvación, que con su fuerza, entereza y testimonio nos ayudaran a profundizar sobre el valor y la importancia de lo femenino en el mundo y en la Iglesia. Acudiremos a ellas en busca de luces para iluminar nuestro camino, para descubrir la grandeza a la que hemos sido llamadas, pues aún después de miles de años Dios nos sigue hablando a través de sus vidas.

Estas reflexiones no son exclusivas para mujeres, también los lectores varones están invitados a meditar sobre este rol, a descubrir la responsabilidad que tienen con las mujeres que son parte de su vida; al final estas no pueden ser comprendidas sin la complementariedad masculina (y viceversa).

Los invito pues, a que en las próximas semanas conozcamos juntos estos testimonios, a veces ordinarios, otros tantos extraordinarios; empezaremos primero con el Antiguo testamento, después reflexionaremos sobre las mujeres que se encontraron con Jesús. Por último, compartiremos las enseñanzas de algunas grandes santas que a lo largo de estos dos mil años la Iglesia Católica ha regalado al mundo.

Encomiendo a Maria Santísima, modelo de mujer por excelencia, este camino cuaresmal que acabamos de iniciar, para que, por medio de la oración, el ayuno y la caridad, su hijo nos fortalezca y nos permita llegar a la pascua dispuestos a cumplir su voluntad.

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