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Los mexicanos que alguna vez hemos viajado por carretera en los Estados Unidos, frecuentemente nos hemos sorprendido con los mensajes que aparecen en nuestros celulares de parte de las autoridades norteamericanas: que hay peligro de tormenta en tal lugar cercano, que se busca un determinado tipo de automóvil que acaba de participar en un atraco, y cosas por el estilo. Uno se queda con la impresión de que es un país altamente eficiente y responsable. Pero quizás haya que cambiar en algo esta perspectiva, pues algo especial les pasó a los estadounidenses de Hawaii el pasado sábado 13 de enero, cuando, a las 8:05 de la mañana, les llegó a sus teléfonos celulares este mensaje (la traducción es mía): “AMENAZA DE MISIL BALISTICO DIRIGIDO A HAWAII. BUSQUEN INMEDIATAMENTE REFUGIO. ESTO NO ES UN ENSAYO”. Pasaron 38 minutos hasta que la gente recibió un mensaje de que esto era una falsa alarma. Mientras tanto, miles de personas entraron en pánico: autos quedaron abandonados en el “free-way”, algunos individuos se escondieron en alcantarillas o en el sistema de drenaje para tormentas, otros en los clósets de sus casas, y muchos corrían confundidos por las calles de Honolulú buscando a dónde dirigirse, y los más serenos llamaban o enviaban  mensajes de texto a sus seres queridos, diciéndoles que los amaban, por si acaso morían por ese misil. Y, en fin, las anécdotas de terror durante estos 38 minutos deben de ser tantas como para escribir varios libros. Pero al menos podemos estar seguros de varios puntos importantes: las autoridades gubernamentales en realidad no sabían qué hacer (por eso tardaron tanto tiempo en reaccionar), y miles de personas tampoco lo sabían. ¿Qué hacer cuando la muerte es inminente? ¿Y más cuando esta muerte será debido a un ataque nuclear? Los días siguientes uno escuchaba a locutores de radio y a personas cercanas preguntándose qué hubieran hecho en una situación verdadera de una inminente explosión nuclear. No hay duda que esto dice mucho de la época que nos ha tocado vivir: tristemente es una realidad que el ser humano contemporáneo tiene la capacidad de destruir este mundo en unos cuantos minutos, debido al uso de armas de destrucción masiva. Y constatando la ineficiencia de las autoridades de Hawaii en este reciente suceso, aunado a algunos otros testimonios que han surgido últimamente, a cuenta gotas, de lo cerca que hemos estado de una guerra nuclear en las últimas décadas, a causa de la Guerra Fría, no es para nada impensable que un evento así pudiera llevarse a cabo. No obstante, a pesar de la perspectiva de la destrucción masiva o total de la humanidad, creo que la pregunta esencial sigue siendo profundamente íntima y personal: “¿Qué haría yo si supiera que pronto voy a morir?” En realidad, es una situación que acompaña a todo ser humano desde el principio de su vida, independientemente de misiles balísticos, pues cada día bien puede ser el último de nuestra existencia. Bien se dice que la muerte es nuestra compañera constante de viaje. Y ante esto, yo me acuerdo de un episodio de la vida de San Luis Gonzaga, cuando éste era un adolescente. Estaba Luis en su escuela, en el recreo, rodeado de un grupo de muchachos y, de repente, el tema de la conversación giró inesperadamente a lo que harían cada uno de ellos si supieran que en 15 minutos iban a morir. Uno de esos jóvenes dijo: “Pues yo inmediatamente me iría a la iglesia de enfrente y de rodillas pediría perdón de mis pecados”. Y luego, los demás muchachos, uno a uno, más o menos fueron diciendo cosas semejantes. Sólo faltaba Luis Gonzaga. Nada más que los santos piensan distinto que los demás. Dijo Luis: “Si yo supiera que en 15 minutos voy a morir… yo seguiría jugando aquí, en el recreo, pues eso es lo que Dios espera de mí”. ¡Seguiría jugando en el recreo! Confieso que me gusta esta respuesta, e ilumina para mí lo que debe ser algo constante en la vida de todo cristiano: estar preparados para la muerte siempre, cumpliendo nuestro deber de cada día, delante de Dios, confiados de que los planes de El están guiados con infinita sabiduría (y esto incluye nuestra muerte). Y, durante los dos mil años de existencia del Cristianismo, han sido legión los católicos que han muerto así, sin aspavientos, sin gritos ni quejas, cumpliendo su misión en esta vida, hasta el último instante. Morir con actitud serena, agradecida, confiando en la misericordia de Aquél que nos ha creado y nos ha llamado a esta vida. Ojalá que nunca se necesite una alarma avisándonos que se acerca un misil nuclear a impactarnos para que nos demos cuenta que la vida no es un ensayo, no es un entrenamiento. La vida es lo real, es lo único que tenemos. Es nuestra única oportunidad. Y una vida bien vivida lleva implícita la constante preparación para el bien morir.

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