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Me gustaría compartir con ustedes una serie de cinco temas importantes en torno a la figura de Pedro, tomadas del libro: “Y sobre esta Piedra: exégesis de Mt 16,18”, comenzando con la primacía.

Esto, para meditar en la figura y ministerio del apóstol Pedro, cuyo sucesor es el Papa Francisco, y muy a propósito de la búsqueda de la unidad de la Iglesia de la cual, el Papa, es fundamento visible, y muy en relación con el tema de la Traditionis Custodes.

La unidad, sin duda, está herida. Lo vemos en la difícil y dolorosa decisión del Papa Francisco al tener que derogar todas las normas, instrucciones, concesiones y costumbres de la Summorum Pontificum de Benedicto XVI.

Y es que, como lo ha dicho el Obispo de la Administración Apostólica de San Juan María Vianney (Brasil), Fernando Arêas Rifan, dirigiéndose al Papa Francisco, la forma extraordinaria no tiene ningún problema, pero sí tiene dos grandes enemigos: los progresistas, que no aceptan la doctrina del Concilio de Trento sobre el santo sacrificio de la misa, enfatizada en la forma antigua, por lo cual la detestan; y los tradicionalistas, que son radicales, bravucones que crean división en la Iglesia por su rechazo al Concilio Vaticano II, al Obispo local, y por considerarse “la verdadera Iglesia”.

En medio, estamos los fieles católicos, obedientes a Roma y al magisterio, que habíamos descubierto la belleza de la forma extraordinaria y la habíamos acogido con amor, respeto y veneración, pues nacimos post Vaticano II; pero también están los fieles católicos que recordaban con cariño la forma antigua y se sintieron maravillados de poder vivirla de nuevo, celebrando el Santo Sacrificio de la Misa con veneración y sacralidad.

Sin embargo, el conflicto y la división que está latente entre progresistas y tradicionalistas, hizo que Pedro interviniera con firmeza.

Oremos, pues, para que el Espíritu Santo guíe los pasos y decisiones del Papa Francisco, y sane las heridas provocadas por los extremos (progresismo y tradicionalismo) que se alejan del espíritu católico de unidad, y sobre todo, de la Eucaristía como «¡Sacramento de piedad, signo indeleble de unidad y vínculo de caridad!» (san Agustín).


Parte I. Ministerio Petrino: La Primacía

En el Nuevo Testamento Pedro aparece, ante todo, como el primero entre iguales (primus inter pares). Pero ¿qué clase de primacía tiene? Pues bien, Jesús ha dicho: «el que quiera ser el primero, sea el servidor de todos» (Mt 20,27). Por lo tanto, es una primacía diaconal, de servicio[1]

Por eso, Pedro tiene la iniciativa de la primera sucesión apostólica, la de Judas Iscariote (cf. Act 1,15-22), hace la primera curación milagrosa después de la resurrección de Jesús (cf. Act 3,6-7) y, en las listas de los apóstoles, Pedro es colocado en primer lugar, en contraste con Judas, quien es colocado al final.

Si se observa con atención, el capítulo veintiséis de Mateo termina con la aprehensión previa a la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo, momento de miedo y persecución en el que suceden las negaciones de Pedro. En el evangelio de Juan, estas tres negaciones tuvieron un carácter restaurativo después de la resurrección cuando, hacia el final del evangelio, después de comer, Jesús le pregunta tres veces: ¿me amas? ¿me amas más que estos? ¿me quieres? Pedro le dirá ¡Sí, te amo! Y Jesús le responde: pastorea mis ovejas.

Por otro lado, es importante recordar que Pablo respetó la primacía petrina, aún atreviéndose a corregirlo cuando su actitud no era la correcta. Además, si bien Pablo escribió sus cartas en griego, suele dirigirse a él por su nombre arameo, Kefah; de tal manera que, Pablo, tenía muy claro quién era Pedro.

Por eso es interesante que Pablo, al hablar de la transmisión de la fe, haciendo una síntesis kerigmática (del anuncio del evangelio), incluye la primacía de Pedro, primer testigo ocular de la resurrección; es decir, la primacía de Pedro está en el kerigmade san Pablo (1 Cor 15,3-5)[2]

También, cuando comienza su carta a los Gálatas (Gal 1,15-18)[3], Pablo hace notar que él también es apóstol, llamado directamente por Jesucristo, si bien después de los Doce, por lo tanto, se pone al mismo nivel jerárquico de los apóstoles, pero sin contradecir la primacía de Pedro, por lo cual hizo lo posible para ir a Jerusalén a encontrarse con él.

  Además, en el drama de la corrección de un apóstol hacia otro, de Pablo a Pedro, se puede observar que Pablo entró en conflicto con Pedro porque sus actitudes, las del Pastor del rebaño de Jesús, hacia los no judíos, eran un tanto segregacionistas. El problema consistía, principalmente, en querer circuncidar a los paganos que aceptaban a Cristo. Como fruto de esa confrontación, reunido el sínodo apostólico en Jerusalén, el Espíritu Santo habló a través de ese Pastor en una solemne cátedra petrina:

«Se reunieron entonces los apóstoles y presbíteros para tratar este asunto. Después de una larga discusión, Pedro se levantó y les dijo: “Hermanos, vosotros sabéis que ya desde los primeros días me eligió Dios entre vosotros para que por mi boca oyesen los gentiles la palabra de la Buena Nueva y creyeran. Y Dios, conocedor de los corazones, dio testimonio en su favor comunicándoles el Espíritu Santo como a nosotros; y no hizo distinción alguna entre ellos y nosotros, pues purificó sus corazones con la fe. ¿Por qué, pues, ahora tentáis a Dios imponiendo sobre el cuello de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros pudimos sobrellevar? Nosotros creemos más bien que nos salvamos por la gracia del Señor Jesús, del mismo modo que ellos.” Toda la asamblea calló y escucharon a Bernabé y a Pablo contar todos los signos y prodigios que Dios había realizado por medio de ellos entre los gentiles»

(Act 15,6-12)

Es interesante, por ejemplo, que Mons. Félix Torres Amat, en su traducción del texto bíblico latino, intenta explicar por qué Pedro se tuvo que levantar:

«Y después de un maduro examen, Pedro como cabeza de todos se levantó, y les dijo: Hermanos míos, bien sabéis que mucho tiempo hace fui yo escogido por Dios entre nosotros, para que los gentiles oyesen de mi boca la palabra evangélica y creyesen»

(Act 15,7)

Y más claro aún, el P. Luis Alonso Schökel, erudito del hebreo y el griego bíblicos, entiende, con toda razón, que el asunto fue más dramático y acalorado de lo que parece, por eso, en su traducción La Biblia del Peregrino, Pedro se pone de pie e interviene para detener la discusión y hablar con autoridad:

«Y, como arreciaba la discusión, se alzó Pedro y les dijo: Hermanos, vosotros sabéis que desde el principio me eligió Dios entre vosotros, para que por mi medio los paganos escucharan la Buena Noticia y creyeran»

(Act 15,7)

Este acontecimiento manifiesta, sin duda, la primacía petrina, e hizo que también Pablo se identificara como el apóstol de los gentiles. Si bien es cierto que, cuando Pablo cuenta lo sucedido a los Gálatas (Ga 2,1-21), da la impresión de tener más autoridad que Pedro, sin embargo, el simple hecho de que haya sido Pedro el que tuvo que levantarse para hablarle a los apóstoles y presbíteros, y que ellos (incluido Pablo) aceptaran su palabra como definitiva, indica lo contrario.

Así pues, sería un largo y arduo trabajo citar todas las apariciones de Pedro en la Biblia para comprobar su primacía, sobre todo porque es el personaje mencionado más veces en el Nuevo Testamento después de Jesús. 

Por eso, para concluir, se puede citar el pasaje de Act 2,14, en el cual, además de que Pedro es el único llamado por su nombre, se puede observar que él es, precisamente, el primero en predicar el gran día del cumplimiento de la promesa del Padre, el día de Pentecostés, el día del Espíritu Santo. 

«Entonces Pedro, poniéndose de pie con los Once, levantó su voz y les dijo: judíos y habitantes todos de Jerusalén: Que os quede esto bien claro y prestad atención a mis palabras»

(Act 2,14)

Este suceso revela, sin duda alguna, que la primacía petrina estaba latente en los autores sagrados.

La predicación kerigmática y llena del poder del Espíritu Santo que Pedro hizo como cabeza, culmina con la conversión y perseverancia de unas ¡tres mil personas!

«Así pues, los que acogieron su palabra fueron bautizados. Y aquel día se les unieron unas tres mil personas. Se mantenían constantes en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones»

(Act 2,41-42)

[1] Esa es la razón por la cual, en la Iglesia Católica, cuando el Papa se dirige a toda la Iglesia en algún documento, este comienza así: “N. Episcopus Servus Servorum Dei”, es decir, “N. Obispo, Siervo de los Siervos de Dios”.

[2] «Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce» (1 Cor 15,3-5)

[3] «Mas, cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo, para que le anunciase entre los gentiles, al punto, sin pedir consejo a hombre alguno, ni subir a Jerusalén donde los apóstoles anteriores a mí, me fui a Arabia, de donde volví a Damasco. Luego, de allí a tres años, subí a Jerusalén para conocer a Cefas y permanecí quince días en su compañía». (Gal 1,15-18)

Fuente:
J.R. Getsemaní F.R. “Y sobre esta Piedra: exégesis de Mt 16,18” (2020).

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