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Un saludo fraterno para todos, deseándoles que este 2018 esté lleno de bendiciones por parte de Nuestro Señor Jesucristo y sobre todo, que no falte la gracia de Dios para que podamos dar un bonito testimonio cristiano en estos doce meses que recién iniciamos. Y les comparto que estoy emocionado por las cosas que están sucediendo en el Instituto de Teología para Seglares de Ciudad Juárez. Por fin, con trabajos y tropezones, estamos echando a andar el sitio web de nuestra escuela. Tengo la esperanza de que será un instrumento muy valioso para todos y que se convertirá en una parte central de nuestras actividades, ya sea como administradores, voluntarios, profesores o estudiantes del IDTS. Y es dentro de este contexto que escribo estas palabras, que tienen la intención de ser el inicio de una especie de columna o blog, más o menos quincenal o, si el tiempo de un servidor lo permite, semanal. Y estoy seguro que después habrá otros que se decidan a dar este paso, aprovechando la ventana abierta al mundo que nos ofrece nuestro sitio web. ¡Ojalá que pronto muchos de nuestros profesores, graduados y alumnos, nos compartan algo de ellos con sus escritos!

Aunque, y me apena decirlo, debo confesar que aun no tengo claro cuál será la forma que irá adquiriendo esta columna, pues no soy muy dado a escribir con frecuencia (aunque a partir de ahora eso tendrá que ir cambiando, ¿verdad?). Pero al menos pueden contar con que trataré de evitar que sea un lugar común, como tantos en la web, donde la superficialidad es la vencedora absoluta de los contenidos y las palabras. Por ello, con humildad, encomiendo este proyecto a la protección amorosa de la Santísima Virgen María, Trono de la Sabiduría. Espero, con la ayuda de Ella, que este espacio pueda, de vez en cuando, dar un poquito de luz, de alegría y de esperanza a alguna persona, ante tantas situaciones difíciles y trágicas de la vida. Y, si me atrevo a esto es porque forma parte de mi misión como sacerdote católico, en esta tan necesitada población de Ciudad Juárez, a pesar de las muchas carencias de todo tipo de quien esto escribe. Sobre todo unas palabras con tinte paulino, “¡Ay de ti si no predicaras!”, resuenan en mi vida sacerdotal. Y, en este punto, debo reconocer que la experiencia presbiteral de un sacerdote diocesano es algo que puede ayudar a muchos.

Así pues, algo más de lo que pretendo también con esta columna es que sea un lugar de encuentro y de diálogo respetuoso, sobre todo en el caso en que haya grandes diferencias con las posturas de otras personas. Sería muy triste para mí que, en esta cultura actual tan fragmentada, yo fuera un factor más de discordia y división. Por otro lado, quisiera además contar aquellas historias que me han hecho esbozar una sonrisa o han hecho que brotara en mí la esperanza y la gratitud. En este sentido esta columna, al primero que beneficiará, es a mí mismo, porque es bien sabido que si el acontecimiento no se guarda por escrito eventualmente, con el transcurso implacable del tiempo, desaparece de la memoria.

Y es evidente, asimismo, que me daré a conocer en las varias temáticas que trate al escribir sobre ellas. Confío con esto que vaya creciendo la relación de hermandad, respeto y tolerancia, que son propias de los verdaderos cristianos. Quizás les compartiré también los pensamientos que me suscitan algunas de las lecturas que hago o que vienen de los acontecimientos que ocurren en el mundo. Y, probablemente, ¿por qué no?, de vez en cuando ponga en esta columna alguna reflexión que haya sido ocasionada por algún encuentro personal con un estudiante del IDTS pues, si de algo me he convencido, es de la enorme riqueza que aportan todas las personas que, de tantas parroquias y comunidades eclesiales diocesanas, llegan a nuestra escuela. Pero una cosa sí tengo clara: no deseo que esta columna tenga un matiz demasiado académico, como ciertos libros de texto de teología que todos conocemos. Le pido a la Virgen que me permita siempre usar un lenguaje sencillo y a la vez profundo, que pueda ser entendido por todos.

Por lo pronto, me siento agradecido que vayamos juntos en este mismo camino de profundizar en nuestra fe, en esa aventura hermosa y difícil a la vez, de irnos adentrando un poco más, siempre, al misterio del Dios que es Amor Infinito y que nos llama hacia Él. Que Dios nos conceda conocerlo como Él quiere ser conocido: en la oración frecuente, en el trato caritativo y respetuoso, especialmente con los más pequeños y débiles del mundo, y en la reflexión seria y constante de la Sagrada Escritura y en los escritos de los grandes teólogos de la Iglesia. ¡Hasta la próxima si Dios nos da vida!
 

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